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Historia Y Cultura

Los primeros asentamientos humanos en las pequeñas islas de la Laguna veneciana se remontan al período que va del V al VI siglo, cuando los habitantes de la tierra firme se refugiaron en esta zona semipantanosa para escapar de las invasiones barbáricas que acontecieron después de la caída del Imperio Romano. Las poblaciones provenientes de Véneto continental se instalaron en la Laguna luchando tenazmente por la propia supervivencia: poco a poco, aquella aglomeración de trozos de terreno rodeados de agua adoptó el aspecto de una auténtica ciudad, única y particular: nunca habría una igual en el mundo. Se construyeron balsas sostenidas por fuertes palos de madera fijados al fondo, unidas entre sí por pasarelas de madera; sobre ellas comenzaron a construirse casas, edificios y monumentos.
 
Cuando su población fue lo suficientemente grande como para asumir el rango de ciudad, Venecia fue anexionada al Imperio Bizantino, pero conservando su autonomía: en el 697 fue elegido el primer Dogo, lo que dio vida a un nuevo gobierno, el Dogado (Imperio Marítimo). Pero el evento que ratificó definitivamente el rol de Venecia en el mundo fue en el año 828, cuando dos emprendedores mercaderes venecianos sustrajeron, en Alejandría de Egipto, el cuerpo del apóstol Marcos y lo llevaron a Venecia en gran secreto. Para custodiar los restos del Santo, que se transformó en el protector de la ciudad, fue edificada una majestuosa iglesia, consagrada en 1094: la Basílica de San Marco.

Desde su nacimiento, Venecia se distinguió por el fuerte impulso que dio al comercio, lo que generó, a finales del siglo XI, una espesísima red de relaciones comerciales con Bizancio. Así nació la República de Venecia, consagrada definitivamente en 1202 con la Cuarta Cruzada y la conquista de Bizancio. La ciudad oriental fue saqueada y el botín fue transportado a Venecia, utilizado para enriquecer iglesias y palacios. De aquel tesoro forman parte también los cuatro caballos de bronce que hoy decoran la fachada de la Basílica de San Marco. 

Después de la IV cruzada, Venecia asumió un rol político fundamental, gracias al control de gran parte del Mediterráneo, y su potencia militar y su trafico comercial crecieron exponencialmente.

La histórica rivalidad con Génova hizo estallar cuatro guerras, una detrás de otra, hasta la tregua de 1381, cuando Venecia venció a la ciudad lígur en la célebre batalla de Chioggia (1380). Tras comprender la necesidad de crear bases de apoyo en tierra firme, Venecia dio vía libre a su expansión hacia Padua, Vicenza, Verona, Brescia y Bérgamo. Al aumentar el área controlada por la República, creció también el prestigio de la ciudad, que recibió el apelativo de Serenísima. Preocupada por aumentar sus posesiones en tierra firme, la Serenísima no advirtió el creciente poder de los turcos, que, entre 1453 y 1499, consiguieron conquistar Constantinopla (Bizancio) y algunas ciudades costeras de Grecia y Albania.

En 1508, nació la Liga de Cambrai: una especie de coalición contra Venecia a la que adhirió la mayor parte de las potencias europeas. Después de siete años de guerra, Venecia logró mantener algunos de sus dominios, pero perdió la hegemonía sobre el Mediterráneo. En el siglo XVII, la Serenísima tuvo que ceder Creta -su histórico dominio- y todo el Peloponesio al Imperio Turco.

Durante el siglo XVIII, si del punto de vista político el prestigio de Venecia fue seriamente dañado, por otra parte se registró un notable florecimiento de las artes y la literatura que vio nacer las inmortales obras de arte de Tiepolo, Pietro Longhi y Canova, y las comedias de Carlo Goldoni.

En 1797, Napoleón Bonaparte conquistó y saqueó Venecia; poco después, el emperador cedió la ciudad a Austria: un período no muy feliz para los venecianos, que, en 1848, bajo la guía de Daniele Manin, expulsaron a los austríacos y proclamaron la segunda República de Venecia. Pero el nuevo orden no duró mucho, puesto que en 1866 también Venecia fue anexionada al nuevo Reino de Italia.

Autor: NOZIO